Yndira Sandoval advierte que la lucha de las mujeres no puede reducirse a ocupar cargos públicos: el verdadero desafío es transformar la manera en que se ejerce el poder y garantizar que quienes gobiernan no reproduzcan las estructuras que históricamente las excluyeron.
La ciudadanía de las mujeres no comenzó cuando se abrió una casilla electoral para ellas.
Mucho antes hubo mujeres que tuvieron que desafiar leyes, instituciones, costumbres y una estructura social que durante generaciones decidió que la política era un territorio exclusivamente masculino.
Hoy, décadas después de aquellas conquistas, la pregunta ya no es solamente cuántas mujeres participan en la política, sino algo mucho más profundo:
¿Qué están haciendo las mujeres con el poder que lograron conquistar?
Esa es una de las preguntas centrales que plantea la activista y defensora de derechos humanos Yndira Sandoval, quien sostiene que la ciudadanía plena de las mujeres todavía representa una deuda histórica que México no ha terminado de saldar.
Del derecho a votar al derecho a decidir
Durante siglos, las mujeres fueron excluidas de las decisiones públicas. No podían votar, ser electas ni participar en igualdad de condiciones en las instituciones que determinaban el rumbo de sus comunidades y del país.
Por eso, el reconocimiento de sus derechos políticos no fue una concesión.
Fue el resultado de una lucha colectiva.
El avance hacia la participación política de las mujeres pasó por distintas etapas: primero el reconocimiento de derechos, después las cuotas y acciones afirmativas y, posteriormente, la construcción de la paridad como principio para garantizar una representación más equilibrada.
La paridad transformó la composición de los espacios públicos y permitió que más mujeres llegaran a congresos, gobiernos e instituciones.
Pero para Sandoval, estar en el poder no necesariamente significa transformar el poder.
Y ahí comienza el siguiente desafío.
Más mujeres en el poder no significa automáticamente más igualdad
Una de las ideas más contundentes del planteamiento de Sandoval es que el simple hecho de que una mujer ocupe un cargo público no garantiza que las estructuras históricas de desigualdad vayan a desaparecer.
Una mujer puede llegar a una posición de poder y reproducir prácticas autoritarias, discriminatorias o patriarcales.
Por eso, el reto no consiste únicamente en abrir las puertas de las instituciones.
Consiste en cambiar lo que ocurre dentro de ellas.
La participación política femenina, plantea la activista, debe estar acompañada de conocimiento, conciencia histórica, visión de Estado y compromiso con los derechos humanos.
El objetivo no debería ser que las mujeres simplemente ocupen las mismas posiciones desde las que históricamente fueron excluidas.
El objetivo es que puedan cambiar las reglas del juego.
“No llegamos para administrar el patriarcado”
El planteamiento de Sandoval parte de una idea particularmente poderosa: las mujeres no deberían llegar a la política para reproducir las mismas prácticas que durante décadas las mantuvieron fuera.
Su presencia en la vida pública tendría que servir para modificar prioridades.
Para colocar en el centro temas como la vida, la dignidad, los derechos humanos y las necesidades de comunidades que tradicionalmente han quedado al margen de las decisiones.
En otras palabras, la conquista de espacios políticos sólo adquiere verdadero sentido cuando esos espacios producen cambios en la vida cotidiana.
La representación, por sí sola, no basta.
La ciudadanía también implica exigir quién puede ejercer el poder
Otro punto central de su planteamiento es la necesidad de establecer límites frente a quienes han ejercido violencia contra las mujeres.
En ese contexto adquiere relevancia la iniciativa 3 de 3 contra la violencia, impulsada desde la sociedad civil y posteriormente incorporada al ámbito electoral.
La lógica es sencilla: una persona que ejerce violencia contra las mujeres, es deudora alimentaria o ha cometido determinados actos de violencia no debería utilizar un cargo de representación popular como mecanismo para conservar privilegios o impunidad.
El propio INE ha documentado el proceso mediante el cual la llamada 3 de 3 contra la violencia se convirtió en un requisito vinculado con las candidaturas y la responsabilidad política.
Para Sandoval, esto forma parte de una discusión mayor:
no basta con preguntar cuántas mujeres llegan al poder; también hay que preguntarse qué tipo de poder estamos construyendo.
Una lucha que tiene más de un siglo
La discusión tampoco es nueva.
En México, la lucha por los derechos políticos de las mujeres tiene antecedentes que se remontan a las primeras décadas del siglo XX.
El Primer Congreso Feminista de Yucatán, celebrado en 1916, se convirtió en uno de los referentes históricos de la organización de las mujeres mexicanas y de la discusión pública sobre sus derechos.
Más de un siglo después, las mujeres ocupan posiciones que durante mucho tiempo parecían inaccesibles.
Pero la pregunta de fondo permanece:
¿La transformación institucional ha avanzado al mismo ritmo que la representación?
Sandoval ha planteado anteriormente que la ciudadanía de las mujeres no puede limitarse a los partidos políticos ni a los cargos de elección popular. En un encuentro realizado en Yucatán, resumió esa visión con una pregunta: “¿Qué mujer no es política? ¿Qué mujer no es ciudadana? ¿Qué mujer no es sujeta de derechos?”
El siguiente paso: pasar de la presencia a la transformación
La discusión actual, entonces, parece encontrarse en una nueva etapa.
Ya no se trata solamente de romper el techo de cristal para que algunas mujeres puedan llegar a posiciones de poder.
El desafío es desmontar las estructuras que hicieron necesario ese techo.
Eso implica construir instituciones capaces de garantizar igualdad sustantiva, combatir la violencia política contra las mujeres, ampliar la participación ciudadana y evitar que la representación femenina termine convertida únicamente en una cuestión de números.
Porque una democracia puede tener mujeres en sus congresos, gobiernos y tribunales y, aun así, conservar estructuras profundamente desiguales.
La verdadera ciudadanía política comienza cuando participar deja de significar únicamente estar presente y se convierte en la posibilidad efectiva de decidir.
La deuda todavía está pendiente
La conquista del voto fue histórica.
La paridad representa otro avance fundamental.
Pero ninguna de esas victorias significa que la lucha haya terminado.
La ciudadanía plena implica poder participar, decidir, cuestionar, gobernar y transformar.
Y también implica preguntarse para qué se quiere el poder.
La respuesta de Sandoval es clara: no para ocupar una silla por el simple hecho de ocuparla, sino para modificar las condiciones que durante generaciones determinaron quién podía sentarse en ella.
El desafío de las mujeres no es solamente llegar al poder. Es demostrar que el poder también puede ejercerse de otra manera.
Porque cuando las mujeres participan, deciden y transforman, no cambia únicamente quién gobierna.
Cambia la manera de entender la democracia.































